viernes, 18 de abril de 2014

GABRIEL GARCÍA MARQUEZ , CASA MUSEO ARACATACA (MACONDO)

DEJO ALGUNAS FOTOGRAFÍAS DE LA CASA MUSEO DE EL NOBEL COLOMBIANO Y FRAGMENTO DE ALGUNA DE SUS NOVELAS
CIEN AÑOS DE SOLEDAD, Una noche, mientras Meme estaba en el baño, Fernanda entró en su dormitorio por casualidad, y había tantas mariposas que apenas se podía respirar. Agarró cualquier trapo para espantarlas, y el corazón se le heló de pavor al relacionar los baños nocturnos de su hija con las cataplasmas de mostaza que rodaron por el suelo. No esperó un momento oportuno, como lo hizo la primera vez. Al día siguiente invitó a almorzar al nuevo alcalde, que como ella había bajado de los páramos, y le pidió que estableciera una guardia nocturna en el traspatio, porque tenía la impresión de que estaban robando las gallinas. Esa noche, la guardia derribó a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar al baño donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mariposas, como lo había hecho casi todas las noches de los últimos meses. Un proyectil incrustado en la columna vertebral lo redujo a cama por el resto de su vida. Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas.

 EL OTOÑO DEL PATRIARCA :
 Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa 
presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y 
removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada 
del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa 
de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar 
sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más 
resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros 
proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus 
goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían 
resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito 
de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la 
vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran 
arduamente visibles en la luz decrépita

 EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA 
El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una 
cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con 
un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las 
últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata. 
Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro 
cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la 
sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una 
mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas 
mañanas como ésa. Durante cincuenta  y seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar



 EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA: Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino
de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la 
casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso 
que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano 
Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de 
ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un 
sahumerio de cianuro de oro





CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para
esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de
higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al
despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con
árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores
de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de
papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una
reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se
los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos
sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las
mañanas que precedieron a su muerte
las mariposas amarillas colocadas en un árbol en la parte de atrás de la casa


Entrada a la casa museo


medio de transporte que se utilizo para llegar a la casa museo, una bicitaxi,muy contentos primera ves que subíamos.

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