DEJO ALGUNAS FOTOGRAFÍAS DE LA CASA MUSEO DE EL NOBEL COLOMBIANO Y FRAGMENTO DE ALGUNA DE SUS NOVELAS
CIEN AÑOS DE
SOLEDAD, Una noche, mientras Meme estaba en el baño, Fernanda entró en su
dormitorio por casualidad, y había tantas mariposas que apenas se podía
respirar. Agarró cualquier trapo para espantarlas, y el corazón se le heló de
pavor al relacionar los baños nocturnos de su hija con las cataplasmas de
mostaza que rodaron por el suelo. No esperó un momento oportuno, como lo hizo
la primera vez. Al día siguiente invitó a almorzar al nuevo alcalde, que como
ella había bajado de los páramos, y le pidió que estableciera una guardia
nocturna en el traspatio, porque tenía la impresión de que estaban robando las
gallinas. Esa noche, la guardia derribó a Mauricio Babilonia cuando levantaba
las tejas para entrar al baño donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de
amor entre los alacranes y las mariposas, como lo había hecho casi todas las
noches de los últimos meses. Un proyectil incrustado en la columna vertebral lo
redujo a cama por el resto de su vida. Murió de viejo en la soledad, sin un
quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado
por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un
instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas.
EL OTOÑO DEL PATRIARCA :
Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa
presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y
removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada
del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa
de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar
sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más
resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros
proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus
goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían
resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito
de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la
vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran
arduamente visibles en la luz decrépita
EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más de una
cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con
un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las
últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.
Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro
cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la
sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una
mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas
mañanas como ésa. Durante cincuenta y seis años -desde cuando terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar
de los amores contrariados. El doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la
casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencia a ocuparse de un caso
que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años. El refugiado antillano
Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de
ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un
sahumerio de cianuro de oro
esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de
higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al
despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con
árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores
de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de
papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una
reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se
los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos
sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las
mañanas que precedieron a su muerte
| las mariposas amarillas colocadas en un árbol en la parte de atrás de la casa |
| Entrada a la casa museo |
| medio de transporte que se utilizo para llegar a la casa museo, una bicitaxi,muy contentos primera ves que subíamos. |



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